ECONOMÍA | INDUSTRIA AUTOMOTRIZ | 8 DE OCTUBRE DE 2026
El gigante automotriz Stellantis reconoció que evalúa cerrar una o las dos plantas que mantiene en el país. La apertura de importaciones, la caída de las ventas y la pérdida de competitividad frente a Brasil encendieron las alarmas. Mientras el gobierno de Javier Milei defiende la liberalización comercial, una de las principales automotrices del mundo pone en duda su futuro industrial en la Argentina.
La advertencia llegó desde Brasil, pero hizo temblar al sector automotor argentino. Herlander Zola, presidente de Stellantis para América del Sur, confirmó que la compañía propietaria de Fiat, Peugeot, Citroën, Jeep y RAM contempla la posibilidad de cerrar sus dos fábricas en el país. Una definición que, de concretarse, pondría en riesgo alrededor de 5.000 puestos de trabajo directos, además de afectar a proveedores, autopartistas y pequeñas empresas vinculadas a la actividad.
Las declaraciones del ejecutivo dejaron al descubierto una contradicción que atraviesa al modelo económico del presidente Javier Milei: mientras el Gobierno presenta la apertura comercial como una herramienta para modernizar la economía y abaratar los productos, una de las principales multinacionales automotrices advierte que las nuevas condiciones pueden volver inviable la producción nacional.
Zola no anduvo con rodeos. En declaraciones al medio brasileño Exame, explicó que la empresa contempla mantener ambas fábricas, concentrar la producción en una sola o directamente cerrar las dos instalaciones.
"Todo puede pasar", advirtió el empresario, al describir un escenario dominado por la incertidumbre sobre los costos, la demanda y las reglas comerciales.
Dos fábricas y miles de familias pendientes de una decisión
Stellantis cuenta actualmente con dos grandes centros industriales en territorio argentino.
El primero está ubicado en El Palomar, provincia de Buenos Aires, donde se producen los Peugeot 208 y 2008. El segundo funciona en Ferreyra, Córdoba, y fabrica modelos como el Fiat Cronos, la Fiat Titano y la RAM Dakota.
Ambas instalaciones forman parte de una extensa cadena productiva que involucra transportistas, fabricantes de componentes, talleres, empresas de logística y proveedores de servicios.
La amenaza de cierre resulta especialmente preocupante porque llega después de importantes inversiones destinadas a modernizar las plantas. En los últimos años, Stellantis anunció proyectos por casi 1.000 millones de dólares para ampliar la producción, incorporar nuevos modelos y fortalecer las exportaciones.
Sin embargo, ese esfuerzo inversor hoy convive con un interrogante incómodo: ¿es posible sostener una industria nacional cuando los vehículos importados ganan participación y los costos locales siguen siendo elevados?
La apertura importadora, en el centro de la polémica
El diagnóstico de la compañía representa un cuestionamiento a las condiciones actuales de competencia.
Zola sostuvo que fabricar automóviles en la Argentina resulta considerablemente más caro que hacerlo en Brasil. Según su evaluación, el costo laboral local prácticamente duplica al brasileño, mientras que la menor escala de producción y una red de proveedores menos desarrollada profundizan las desventajas.
Pero el ejecutivo también apuntó a un factor decisivo: la apertura comercial.
Durante años, las terminales argentinas funcionaron dentro de un esquema regional que combinaba producción nacional, exportaciones y distintos mecanismos de protección comercial. La mayor competencia de vehículos importados, particularmente desde China y Brasil, modificó esa ecuación.
El resultado comenzó a sentirse en las líneas de montaje.
En El Palomar, la empresa redujo de dos a uno los turnos de producción y avanzó con retiros voluntarios. Según informes periodisticos al menos 600 trabajadores dejaron la planta bajo esa modalidad.
A esto se suma la pérdida de participación de Peugeot en el mercado argentino, que pasó de aproximadamente el 9% en 2025 al 5% durante 2026, de acuerdo con las cifras mencionadas por la conducción regional.
Los números que encienden las alarmas
La situación de Stellantis no constituye un episodio aislado. Refleja las dificultades que atraviesa una parte importante de la industria automotriz argentina.
Producción automotriz, enero-septiembre de 2026
-16,9%
Variación interanual informadaVentas del sector, mismo período
-13%
Retroceso informadoEmpleo directo vinculado a Stellantis
5.000
Trabajadores aproximadamenteInversiones anunciadas
US$ 1.000 M
Monto acumulado aproximadoBrasil gana terreno y Argentina pierde protagonismo
Uno de los aspectos más sensibles de esta crisis es la competencia con Brasil, principal mercado automotor de Sudamérica y centro estratégico de Stellantis en la región.
El país vecino concentra aproximadamente el 65% del volumen regional de la compañía, una escala que le permite aprovechar una red industrial y comercial mucho más amplia.
Para las terminales argentinas, esa diferencia resulta determinante.
Cuando una multinacional debe decidir dónde fabricar un vehículo, no solamente analiza los salarios. También considera la estabilidad económica, los costos energéticos, la presión tributaria, la infraestructura, la disponibilidad de proveedores y las posibilidades de exportación.
La incertidumbre argentina, sumada a la creciente competencia importadora, puede inclinar esas decisiones hacia otros mercados.
En ese contexto, la posibilidad de trasladar parte de la producción desde El Palomar hacia Córdoba, o incluso fuera del país, aparece como una alternativa contemplada por la conducción regional, aunque todavía no existe una decisión anunciada.
El dilema de Milei: autos importados o trabajo argentino
La advertencia de Stellantis también abre un debate político que excede ampliamente a la industria automotriz.
El gobierno libertario sostiene que una economía más abierta promueve la competencia, obliga a mejorar la productividad y puede beneficiar a los consumidores mediante una mayor variedad de productos y mejores precios.
Sin embargo, esa estrategia también presenta riesgos cuando las empresas nacionales deben competir con productos fabricados en economías de mayor escala o con estructuras de costos diferentes.
La pregunta es qué sucede durante esa transición y quiénes pagan sus consecuencias.
Porque detrás de cada fábrica que reduce turnos aparecen trabajadores que pierden ingresos, comercios que venden menos y localidades enteras que sienten el impacto de la retracción industrial.
El caso Stellantis plantea, además, un desafío para el discurso oficial sobre las inversiones. Una compañía que destinó importantes recursos a ampliar sus instalaciones ahora considera reducir su presencia productiva.
No se trata de afirmar que la apertura comercial sea la única responsable de la crisis. Los costos estructurales, la evolución de la demanda, la competencia tecnológica y las decisiones empresariales también influyen. Pero las propias declaraciones de la multinacional muestran que el cambio de condiciones comerciales es un factor relevante.
Una amenaza, pero todavía no un cierre
Por el momento, las fábricas continúan funcionando. Martín Zuppi, presidente de Stellantis Argentina, aseguró que la compañía mantiene producción prevista para 2026 y 2027, aunque reconoció los ajustes realizados en El Palomar.
La continuidad de las operaciones dependerá, entre otras variables, de la recuperación de las ventas, la competitividad de los modelos fabricados localmente y el comportamiento de las exportaciones hacia Brasil.
Por eso, sería incorrecto presentar los cierres como una decisión consumada. Lo que existe es una advertencia explícita de la conducción regional, suficientemente importante como para encender las alarmas del sector.
El futuro industrial, mucho más que una discusión de costos
La situación de Fiat y Peugeot vuelve a instalar una discusión histórica en la Argentina: qué lugar debe ocupar la industria nacional dentro del proyecto económico del país.
El cierre de una fábrica no significa únicamente que una empresa deja de producir. También implica la posible pérdida de empleos especializados, conocimientos técnicos, capacidad tecnológica y vínculos productivos construidos durante décadas.
La advertencia de Stellantis debería impulsar un debate serio sobre competitividad, inversión, empleo y política industrial, antes de que las alternativas de cierre se transformen en decisiones irreversibles.
Mientras el Gobierno apuesta a que la apertura y la competencia reordenen la economía, miles de trabajadores observan con preocupación el futuro de sus puestos laborales.
La gran incógnita ya no es solamente cuánto costará comprar un automóvil en la Argentina, sino cuántos automóviles seguirá siendo capaz de fabricar el país y cuántos argentinos conservarán su trabajo para poder comprarlos.