PERICIA SOBRE LA VOZ DE SPAGNUOLO EN LOS AUDIOS

PERICIA SOBRE LA VOZ DE SPAGNUOLO EN LOS AUDIOS

Durante décadas, en los tribunales argentinos la prueba tenía olor a papel. Expedientes amarillentos, declaraciones mecanografiadas, firmas al pie de una foja. Hoy, en cambio, una investigación puede depender de algo mucho más intangible: una voz.

No una confesión.

Una frecuencia.

Un timbre.

Una forma particular de pronunciar las palabras.

Por eso la decisión del juez Ariel Lijo de ordenar que continúe la pericia fonética sobre Diego Spagnuolo marca un punto de inflexión en la causa que investiga presuntas irregularidades en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS). La defensa del exfuncionario intentó frenar el estudio argumentando que obligarlo a aportar una muestra de voz vulneraría la garantía constitucional contra la autoincriminación. El magistrado rechazó ese planteo al considerar que la medida no busca obtener una confesión, sino identificar técnicamente si la voz de los audios investigados pertenece o no al imputado. 

La diferencia parece jurídica.

En realidad, es profundamente política.

Porque detrás de esa discusión se juega una pregunta que atraviesa a todas las democracias contemporáneas: ¿hasta dónde puede llegar el Estado para esclarecer un posible hecho de corrupción sin vulnerar las garantías constitucionales?

El expediente intenta responderla.

Los abogados de Spagnuolo sostienen que los audios podrían haber sido manipulados o incluso alterados mediante inteligencia artificial y que exigir una muestra de voz convierte al imputado en un "objeto de prueba". El juez, en cambio, distinguió entre una declaración incriminatoria —protegida por la Constitución— y un dato biométrico como la voz, comparable a las huellas dactilares o al ADN, cuya obtención tiene otra naturaleza jurídica. 

La escena resume una época.

La tecnología ya no solo produce nuevas herramientas para delinquir.

También produce nuevas herramientas para investigar.

Hace apenas veinte años un audio clandestino podía ser descartado por su mala calidad.

Hoy puede ser sometido a análisis espectrográficos, estudios acústicos y algoritmos capaces de detectar patrones vocales con un nivel de precisión impensado hasta hace pocos años.

Pero la tecnología también abrió una nueva puerta: la posibilidad de falsificar voces mediante inteligencia artificial.

Por eso la pericia adquiere una importancia decisiva.

No está llamada a condenar a nadie.

Está llamada a responder una pregunta elemental: ¿esa voz pertenece realmente a quien se le atribuye?

Sin esa respuesta, todo el edificio probatorio queda en suspenso.

La causa ANDIS dejó hace tiempo de ser un expediente administrativo. Se convirtió en un caso político porque involucra a un exfuncionario de un gobierno que hizo de la lucha contra "la casta" uno de los pilares de su legitimidad.

Cada avance judicial tiene, inevitablemente, un impacto institucional.

No porque implique una condena anticipada, sino porque pone a prueba la coherencia del discurso oficial.

Las administraciones públicas suelen exigir transparencia hacia afuera: auditorías, declaraciones juradas, controles sobre terceros. El verdadero desafío aparece cuando esa misma exigencia debe aplicarse hacia adentro del propio Estado.

Es allí donde la fortaleza institucional se mide sin discursos.

La transparencia no consiste únicamente en denunciar irregularidades ajenas. También exige aceptar que los mecanismos de control actúen cuando las sospechas alcanzan a quienes ejercieron responsabilidades públicas.

La resolución de Lijo no establece culpabilidades.

Tampoco despeja todas las dudas.

Simplemente permite que una prueba científica siga su curso.

Y eso, en un Estado de derecho, es mucho más importante de lo que parece.

Porque las democracias no se fortalecen cuando los jueces confirman las convicciones de unos u otros.

Se fortalecen cuando las investigaciones avanzan con independencia, respetando tanto el derecho de defensa como el interés público de conocer la verdad.

Al final, quizá la causa no se resuelva en una conferencia de prensa ni en un debate televisivo.

Tal vez todo dependa de unos pocos segundos de audio.

De una respiración.

De una pausa.

De una inflexión.

En tiempos donde la inteligencia artificial puede fabricar palabras que nunca fueron pronunciadas y las redes sociales convierten cualquier grabación en una sentencia pública, la Justicia enfrenta un desafío inédito: distinguir entre el ruido y la evidencia.

Porque una voz puede emocionar.

Puede convencer.

Puede mentir.

Pero, cuando la ciencia logra identificarla con rigor y el proceso judicial respeta las garantías de todas las partes, también puede convertirse en una pieza clave para reconstruir la verdad.

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