Adrián Paenza y la revolución de la inteligencia artificial: “El cambio que trajo la IA es descomunal, inimaginable”

Adrián Paenza y la revolución de la inteligencia artificial: “El cambio que trajo la IA es descomunal, inimaginable”

CIENCIA | TECNOLOGÍA | INTELIGENCIA ARTIFICIAL

El reconocido matemático y divulgador científico argentino reflexionó sobre el impacto de la inteligencia artificial en la ciencia, la medicina y la vida cotidiana. Entre el entusiasmo y la incertidumbre, advirtió que las máquinas podrían resolver problemas que desafiaron durante siglos a las mentes más brillantes. Sin embargo, defendió algo que ninguna tecnología debería hacernos perder: la capacidad humana de preguntar, imaginar y descubrir.

Hubo un tiempo en que las máquinas apenas podían realizar cálculos que a los seres humanos les llevaban horas. Después llegaron las computadoras capaces de vencer a campeones mundiales de ajedrez. Más tarde aprendieron a reconocer imágenes, interpretar idiomas y procesar cantidades gigantescas de información. Hoy, la inteligencia artificial empieza a resolver problemas científicos que permanecieron abiertos durante generaciones.

Y en medio de semejante revolución, Adrián Paenza, uno de los divulgadores científicos más reconocidos de la Argentina, observa el fenómeno con una mezcla de fascinación, prudencia y curiosidad.

En una entrevista concedida al periodista Pablo Esteban, publicada este 19 de octubre, el matemático analizó las transformaciones que están produciendo los nuevos sistemas de inteligencia artificial y reconoció que resulta prácticamente imposible anticipar hasta dónde llegarán.

Lejos de los discursos apocalípticos y de las promesas de un futuro perfecto, Paenza propone una actitud que parece sencilla, pero que constituye la esencia del pensamiento científico: aceptar que todavía hay muchas cosas que no sabemos.

Una revolución que avanza más rápido que nuestra imaginación

Para Paenza, lo verdaderamente extraordinario no es solamente lo que la inteligencia artificial puede hacer, sino la velocidad con la que está transformando actividades que hasta hace poco parecían exclusivamente humanas.

En apenas unos años, los sistemas de IA pasaron de responder preguntas relativamente simples a colaborar en investigaciones matemáticas, analizar documentación jurídica, interpretar estudios médicos y contribuir al desarrollo de medicamentos.

El divulgador reconoce que sigue con enorme interés estos avances y que prácticamente todos los días encuentra aplicaciones capaces de sorprenderlo.

Su entusiasmo, sin embargo, no significa que considere inevitable un determinado futuro.

Paenza evita realizar pronósticos categóricos. Sabe que la historia de la ciencia está llena de predicciones que nunca se cumplieron y de descubrimientos que nadie había imaginado.

La inteligencia artificial podría convertirse en una de las herramientas más poderosas de la humanidad. Pero comprender sus alcances reales llevará tiempo, investigación y una evaluación rigurosa de sus resultados.

Las matemáticas frente a un desafío sin precedentes

Uno de los aspectos más interesantes de la entrevista es la reflexión sobre el futuro de las matemáticas.

Durante siglos, los investigadores dedicaron sus vidas a resolver problemas que parecían imposibles. Algunas demostraciones demandaron décadas de trabajo, mientras que otras permanecieron sin respuesta durante generaciones.

La inteligencia artificial está modificando ese escenario.

En la conversación se menciona un anuncio de OpenAI relacionado con cerca de 400 problemas matemáticos. Sin embargo, resulta fundamental distinguir entre soluciones propuestas, avances parciales y demostraciones formalmente verificadas. Un anuncio tecnológico no equivale automáticamente a un descubrimiento aceptado por la comunidad científica.

Paenza insiste precisamente en esa diferencia: los procedimientos desarrollados mediante inteligencia artificial necesitan ser revisados y corroborados.

Para explicar el problema, recupera uno de los episodios más fascinantes de la historia de las matemáticas.

En 1976, los investigadores Kenneth Appel y Wolfgang Haken lograron demostrar el célebre teorema de los cuatro colores utilizando computadoras.

El problema consistía en establecer si cualquier mapa podía colorearse empleando solamente cuatro colores, de manera que dos regiones vecinas no compartieran el mismo.

La demostración representó un punto de inflexión porque las computadoras desempeñaron un papel decisivo en la resolución de una cuestión que había desafiado a los especialistas durante más de un siglo.

Hoy, medio siglo después, la inteligencia artificial promete llevar esa colaboración entre humanos y máquinas a una dimensión completamente diferente.

¿Qué ocurre cuando una máquina encuentra primero la respuesta?

La pregunta es tan científica como filosófica.

¿Qué sucede con un investigador que dedicó veinte años a resolver un problema y descubre que una inteligencia artificial puede encontrar una solución en unas pocas horas?

Para Paenza, allí aparece uno de los dilemas más profundos de esta revolución.

La investigación matemática no consiste únicamente en obtener una respuesta correcta. También implica explorar caminos desconocidos, cometer errores, formular hipótesis y descubrir relaciones inesperadas.

En ese recorrido aparecen nuevas preguntas que, muchas veces, resultan tan importantes como el problema original.

Una inteligencia artificial podría acelerar enormemente el proceso de descubrimiento, pero también transformar la experiencia intelectual de quienes investigan.

La satisfacción de encontrar una solución después de años de esfuerzo forma parte de la historia misma de la ciencia.

Si las máquinas empiezan a resolver problemas complejos con una velocidad imposible de igualar, el papel de los científicos tendrá que redefinirse.

No necesariamente desaparecerá su trabajo. Podría cambiar el centro de su actividad: de buscar determinadas respuestas a formular preguntas cada vez más profundas.

La medicina, uno de los territorios más prometedores

La entrevista también aborda las aplicaciones de la inteligencia artificial en la salud.

Paenza menciona herramientas como OpenEvidence, que permiten a los profesionales consultar información médica y literatura científica mediante sistemas especializados.

Estas tecnologías pueden ayudar a comparar antecedentes clínicos, localizar investigaciones relevantes y mejorar el acceso al conocimiento disponible.

También imagina un futuro en el que los sistemas inteligentes contribuyan a identificar enfermedades antes de que aparezcan síntomas graves.

La posibilidad de detectar riesgos tempranamente podría transformar la medicina preventiva.

Sin embargo, esas aplicaciones requieren validación clínica, protección de los datos personales y supervisión profesional. La inteligencia artificial puede ofrecer información valiosa, pero también producir errores y recomendaciones incorrectas.

El entusiasmo por sus posibilidades no debe confundirse con la idea de que una máquina pueda reemplazar automáticamente el criterio de un médico.

El verdadero desafío consiste en aprovechar su capacidad de procesamiento sin perder la dimensión humana de la atención sanitaria.

El día que una computadora derrotó a un campeón y cambió la historia

Para comprender cómo comenzó a modificarse nuestra relación con las máquinas, Paenza recuerda un episodio ocurrido en 2016.

Ese año, AlphaGo, un sistema desarrollado por DeepMind, derrotó al campeón surcoreano Lee Sedol en una serie de partidas del antiguo juego de estrategia Go.

El resultado fue contundente: cuatro victorias para la máquina y una para el jugador humano.

El acontecimiento sorprendió a investigadores de todo el mundo porque el Go exige evaluar una cantidad extraordinaria de posibilidades.

Pero la importancia de aquella experiencia fue mucho más allá de una competencia.

Detrás del proyecto se encontraba Demis Hassabis, uno de los fundadores de DeepMind, quien posteriormente participó en desarrollos fundamentales para la investigación de proteínas.

En 2024, Hassabis recibió el Premio Nobel de Química junto con John Jumper y David Baker, en reconocimiento a avances relacionados con la predicción y el diseño de estructuras proteicas.

La tecnología que había demostrado capacidades extraordinarias en un tablero comenzó a contribuir a problemas científicos con aplicaciones potenciales en biología y medicina.

La historia sirve para ilustrar una de las características más sorprendentes de la inteligencia artificial: herramientas desarrolladas para resolver un desafío pueden terminar transformando disciplinas completamente diferentes.

¿La inteligencia artificial reemplazará a los científicos?

La posibilidad de que las máquinas terminen desplazando a los investigadores aparece inevitablemente en el debate.

Paenza rechaza la idea de que los matemáticos y científicos vayan a volverse innecesarios.

Su argumento apunta al corazón de la actividad científica: alguien debe identificar los problemas relevantes, formular preguntas y determinar qué conocimientos vale la pena buscar.

Las máquinas pueden procesar información a velocidades extraordinarias, pero eso no resuelve automáticamente las cuestiones relacionadas con el sentido, la importancia y las consecuencias de cada descubrimiento.

Tampoco significa que los sistemas inteligentes sean incapaces de generar hipótesis o nuevas preguntas. Esa posibilidad forma parte de las investigaciones actuales.

Lo que todavía está en discusión es hasta qué punto podrán desarrollar procesos científicos autónomos y cómo deberán verificarse sus resultados.

En este escenario, el futuro probablemente dependa de una colaboración cada vez más estrecha entre las capacidades humanas y las herramientas tecnológicas.

El desafío de una Argentina que necesita invertir en conocimiento

Las reflexiones de Paenza también invitan a pensar en el lugar que ocupará la Argentina frente a esta transformación.

Mientras las principales potencias tecnológicas destinan recursos al desarrollo de inteligencia artificial, universidades, laboratorios y centros de investigación compiten por formar especialistas y producir nuevos conocimientos.

Para países como la Argentina, la discusión no debería limitarse a utilizar herramientas creadas en el exterior.

También resulta fundamental desarrollar capacidades propias, fortalecer la educación científica y garantizar que investigadores y estudiantes puedan participar de los avances tecnológicos.

La inteligencia artificial plantea oportunidades para mejorar la producción, la salud, la enseñanza y los servicios públicos. Pero aprovecharlas requiere infraestructura, inversión y políticas de largo plazo.

Existe, además, un desafío social: evitar que los beneficios de estas tecnologías queden concentrados exclusivamente en las grandes empresas o en los países con mayor capacidad económica.

Una revolución científica que amplíe las desigualdades puede aumentar la productividad sin mejorar necesariamente la calidad de vida de la mayoría.

Por eso, el debate sobre inteligencia artificial también es una discusión sobre educación, trabajo, acceso al conocimiento y distribución de sus beneficios.

El futuro no está escrito: la pregunta sigue siendo humana

Hay algo especialmente atractivo en la mirada de Adrián Paenza.

A diferencia de quienes anuncian que la inteligencia artificial resolverá todos los problemas de la humanidad o provocará inevitablemente una catástrofe, el matemático reconoce la incertidumbre.

No intenta presentar respuestas definitivas para un fenómeno que todavía estamos aprendiendo a comprender.

Su actitud recupera una enseñanza fundamental de la ciencia: el conocimiento avanza cuando somos capaces de reconocer sus límites.

La inteligencia artificial puede modificar radicalmente la forma de investigar, aprender, trabajar y producir. Incluso podría contribuir a resolver problemas que durante siglos parecieron imposibles.

Pero ninguna de esas posibilidades elimina la necesidad de pensar críticamente, verificar resultados y decidir colectivamente qué queremos hacer con las herramientas disponibles.

Quizás la revolución más profunda no consista en construir máquinas capaces de responderlo todo.

Quizás el verdadero desafío sea aprender a formular preguntas que todavía no imaginamos.

Porque en un mundo donde las respuestas parecen estar cada vez más cerca, la curiosidad humana continúa siendo una de nuestras capacidades más valiosas.

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